Modo: Hablanding muñequings
Escuchando: Goodbye To Romance - Ozzy Osbourne
Viendo: Msn with Arche
Leyendo: Marina, Carlos Ruiz Zafón
Deseando: Colgar esto xD
Bueno, os dejo con el primer trozo de El mago de hielo. Como podréis comprobar, hay muchísimos fallos, como muchos personajes o que la trama avanza al final demasiado. No está acabada, y nunca la acabaré. Me quedé en blanco en la página 21, y eso me duele u.u
En fin, disfruten del primer trozo ;D
El mago de hielo
En aquella prisión de hielo, oscura y sin fin, apenas notaba el cambio de su cuerpo. El frío y el miedo poblaban su pobre corazón, y no notaba ni el paso del día y de la noche, ni de las estaciones ni de los años. No podía comer; ya había desistido ese deseo hacía mucho, creía que nunca comería un trozo gustoso de carne, ni apenas una yesca seca de pan. Ni siquiera cumpliría el deseo de querer a alguien, de formar una familia. Lo sentimientos se habían borrado de él, como si nunca hubieran existido, excepto los más angustiosos. El miedo, la incertidumbre, la incredulidad, la pena o el dolor eran algunos de ellos. Siempre se preguntaba porqué. Porqué él tenía que estar allí, quien era para estar encerrado de esa manera. Cada época donde aún hacía más frío, él quería morir, quería suicidarse para desaparecer del mundo, porque nadie lo rescataría, porque nadie le ayudaría. A veces notaba que sus propias lágrimas se congelaban en sus mejillas, pero no lo podía saber, porque aquella prisión no le dejaba ni mover los brazos, ni las piernas. También creía que no tenía vista porque la luz se había apagado, y cuando reflexionaba en eso pensaba en lo que había dejado detrás, antes de aparecer allí.
Su madre y él iban al bosque. Ella era curandera y necesitaba unas plantas medicinales para calmar un pobre hombre. Él la acompañaba. Pero ella desapareció durante un momento y él la llamó: «Mamá, mamá ¿dónde estás?». Entonces oyó un gritó potente, de mujer, y él fue corriendo hacia ella. La mujer era su madre. Cuando llegó donde ella estaba, vio que estaba sola, pero su madre solo tuvo tiempo de decir, desmayándose:
—Vete.
Olió una cosa que hacía mucha peste, era insoportable, pero cuando quiso dar un paso le dieron un golpe potente y cayó al suelo, escupiendo sangre. Recordó cómo fue incapaz de reaccionar, como si le hubiesen drogado, y pensó que en aquella época debía de ser pequeño. Ahora no lo sabía. Ni siquiera se acordaba de cómo se llamaba. Ningún nombre, población o país.
Esas cosas se habían desvanecido de su cabeza como un suave murmullo del viento. Los recuerdos casi no existían, excepto los de antes de su encerramiento en aquella prisión de hielo, de frío, de desesperación, sin fin.
Y tampoco dormía. Si no había luz, no había sueño.
«Adiós, mundo» pensó antes de rendirse a uno quizá indestructible, inmortal y eterno a la vez.
Thannia dejó de cabalgar y se paró en seco. El sol estaba a punto de caer por el horizonte, y veía delante el bosque, verde y exuberante. Pero, sin embargo, no pudo evitar un escalofrío por los recuerdos que le recordaba aquel lugar. Recuerdos llenos de nostalgia y alegría.
Porque ella había nacido y criado allí, en una alegre cabaña en el corazón del bosque, con sus hermanas y hermanos. Era una familia extraña, decían en los pueblos lejanos, pero ellos no los conocían lo suficiente. «Idiotas» gruñó interiormente, y dirigió a su purasangre, Zeili, hacia un camino empedrado.
Los padres de Thannia habían muerto en un extraño accidente que nadie estaba dispuesto a contar, ni siquiera las hermanas mayores, que los habían conocido. Thannia y otro hermano menor no los recordaban porque eran muy pequeños y en aquel entonces ella tenía tres años y poco más. Ahora volvía para estar una temporada con su familia. El tiempo y la distancia los habían separado, pero todos se habían prometido que, al cabo de nueve años, como el número de hermanos que eran, se volverían a encontrar allí. Cuando llegó, no pudo evitar que dos lágrimas rodaran por sus mejillas.
La casa era idéntica, nada había cambiado en ella. Ni siquiera el establo, donde dirigió a Zeili y lo ató para que no se escapara. Luego entró y se dio cuenta que era la primera, porque había llegado con tres días de antelación. Sonrió para sí misma. Gracias a los dioses, la casa aún aguantaba derecha. Pero pronto descubrió que todo eso era obra de una persona. Después de encender el fuego, vio que una sombra veloz se escondía detrás de unos baúles de madera que había en un rincón.
— ¿Quién eres?- preguntó con decisión. A Thannia no le asustaba nada, porque una buena aventurera no temía a nada ni a nadie... salvo en contadas excepciones. Para su sorpresa, lo que apareció fue sorprendente. Era más bajo que un hombre, más alto que cualquier enano, de piel rugosa y mirada humilde, con una buena barba gris y una navaja en la cintura.
—Me llamo Asrek, señora, y soy un mestizo que no importa a nadie- le dijo él con voz grave.
— ¿Por qué?- a ella le pareció que ya sabía lo que pasaría.
—Soy un medio enano. Mi madre era una preciosa humana y mi padre un enano vigoroso. Se enamoraron, pero las razas no pudieron evitar mi nacimiento, y cuando era un zagal capaz de encargarme de recoger piedras y llevarlas a la cueva... mi madre desapareció. La busqué pero la di por perdida. Nunca más la he encontrado.
— ¿Y qué haces en mi casa?
—Pues la encontré abandonada y a punto de quedarse en ruinas, pero gracias a mis habilidades como leñero y herrero la pude arreglar. Por cierto, jovencita humana... ¿cómo se llama usted?
—Thannia, señor Asrek.
— ¿Me puedes tutear, por favor? No me hagas sentir viejo.
—Se supone que dentro de tres días ocho personas más vendrán aquí, y creo que algunas de ellas no se alegrarán de tu presencia. Desgraciadamente, algunos de ellos, en el pasado, tuvieron problemas con los enanos, y no creo que puedas soportar un ambiente tan hostil.
—Claro que podré aguantarlo. He tenido que soportar al estirado del príncipe elfo Niniael, que no para de pedir cosas como un poseso y desparece cada dos por tres para estar con sus concubinas del harem.
— ¿De verdad?- los ojos de Thannia brillaron, sorprendidos.
—Tres años, cuatro meses y quince días, es lo que he tenido que soportar. Luego me vine hacia aquí, hacia este bosque. Se decía que la familia que estaba aquí cuidaba a los necesitados.
— ¡Y tanto! Pero eso era hace, como mínimo, dieciséis años. Desde que mis padres murieron.
Asrek se arrepintió de decir eso, y la invitó a un licor que tenía cuidadosamente guardado en la despensa.
—El mejor licor de Ranin, la ciudad del norte.
—Gracias- contestó ella-. Hace mucho tiempo que no lo bebo.
Pasado un rato, ella le explicó cosas sobre sus viajes. Había visitado todas las ruinas, esperanzada en encontrar un individuo especial.
—Me han contado- explicó, ligeramente ruborizada por el efecto del alcohol -, que hay un hombre que tiene una magia tan poderosa que sería capaz de iluminar todo el mundo. Pero, encerrado en una prisión tanto mental como física, dicen que querrá a la primera muchacha que conozca. Porque no habrá visto otra en su vida. Y su magia estará congelada en su corazón hasta que ella consiga liberarla. Creo que estará entre el hielo, esa prisión, porque he buscado en el sur y es poco probable...
—...porque es un desierto- completó el mestizo.
Thannia asintió.
—Estaré aquí una temporada, pero luego me iré hacia las montañas donde viven muchos de los tuyos. Tengo el presentimiento de que estará allí.
— ¿Y si lo encuentras no querrás saber quién lo encerró?
—Quizás -murmuró ella -. Quizás...
Asrek y ella hablaron un poco más y se fueron a dormir en dos de las camas que se hallaban allí. Thannia, al mirar al cielo a través de la ventana de su habitación, pensó en todas aquellas noches que se había quedado en vela allí, mirando la luna y soñando en un chico apuesto y gallardo, y sonrió plácidamente.
La mañana siguiente iría a pasear un poco por allí para recordar viejos tiempos, se prometió firme. Y con ese pensamiento, se fue levitando hasta el agradable mundo de los sueños.
Era extraño, pensó él. Notaba que la temperatura subía sin control, hasta el punto de hacerle caer gotas de sudor. Pero aún no podía salir, el hielo y la piedra, en definitiva, la magia, le retenía y le impedía de moverse.
Y cada minuto, cada hora más que pasaba, sólo tenía un sentimiento en la mente y en el corazón que creía que nunca bebería: la libertad.
Cuando el sol estaba arriba del todo del cielo, Thannia se los encontró. Eran dos individuos con capas verdes de viaje, pero con unos movimientos muy conocidos. Al quitarse las capas, Thannia no puedo evitar abrazarlas. Eran dos mujeres idénticas; llevaban una diadema roja y unas trenzas que les llegaban hasta la cintura, y una ropa bastante ligera, gris y volátil como el viento. Y había un detalle que a Thannia siempre se le pasaba desapercibido; eran gemelas.
— ¡Eilea! ¡Soire!- exclamó la muchacha, feliz de volverlas a ver.
— ¿Cómo está nuestra hermanita preferida?- preguntó Eilea, acariciando el cabello castaño de su hermana pequeña.
—Muy bien. Va, que os acompaño hacia nuestra casa. Sólo estoy haciendo un paseo.
Al llegar a la cabaña, Thannia gritó amablemente a alguien que se llamaba Asrek, y las gemelas se quedaron de piedra al ver el medio enano, que se estaba rascando la barba, pensativo.
—Asrek, ellas son Eilea y Soire, las hermanas más mayores de la familia y las únicas gemelas. Hermanas, éste es Asrek, que se ha encargado de cuidar la casa en nuestra ausencia.
—En... cantadas- respondió Soire, que estaba un poco fuera de juego. Se dedicaron a charlar sobre cosas no muy importantes, mientras dejaban lo que habían traído en su lugar correspondiente.
Horas más tarde, mientras comían, Thannia le preguntó a Asrek:
— ¿Cómo es que pasaste una época sirviendo a la corte élfica?
Él calló un momento antes de contestar, reflexivo.
—Después de desistir de encontrar a mi madre, me encontraron en un bosque, solo y perdido, y me vendieron como esclavo en Ranin. Yo era, según mis amos, «un ejemplar fuerte y robusto, ideal para cargas pesadas o para cortar madera». El príncipe Niniael estaba dando vueltas por ahí, protegido por una capa blanca de pieles, y cuando me vio me compró y añadió: «Me gustan los ejemplares raros». Él ya había descubierto mi ascendencia, y, cuando me escapé, muchos mercenarios me buscaban y me buscan por todas la tierras. Medio enano...dicen a todo el mundo.
—Aquí te pueden encontrar- intervino una de las gemelas, que había seguido atentamente la conversación.
—Eso es imposible -gruñó él -. Este bosque es gigantesco; el más grande de las tierras humanas. Tardarían meses en encontrarme, y cuando me encuentren, será demasiado tarde para ellos, porque los habré atravesado con mi espada.
Al crepúsculo vino otro de los hermanos, y esta vez Thannia le recomendó a Asrek que se escondiera por precaución.
—Y mejor no decir nada sobre este asunto. Puede ser que alguien de los demás lo esté buscando- susurró Thannia a sus hermanas mayores antes de que el hombre apareciera. Él era de otra pasta, diferente al aspecto delicado de sus tres hermanas; llevaba la ropa muy desgastada y demasiado oscura, una cara de estatua, sin una sonrisa, cabello negro como el azabache, ojos morenos y una musculatura que Soire, Eilea y Thannia nunca pensaron que tendría.
—Hola, Soire y Eilea- dijo él; su voz era potente, y se giró hacia la joven -. ¿Thannia? Estás guapísima. Has cambiado mucho desde la última vez.
—Tú también, Rirke. Nunca pensé que tendrías un aspecto tan... imponente.
Rirke rió.
—Es normal. Yo he estado estos nueve años como soldado, y he tenido que ejercitar mi fuerza para vencer a más adversarios. También he tenido que practicar esto- y picó suavemente su cabeza.
A la hora de cenar alguien picó a la puerta suavemente. Como las hermanas estaban ocupadas tomando su guiso, Rirke fue a abrir la puerta. Era un muchacho de dieciséis años, bajito con una túnica roja y un zurrón más grande de lo corriente. Tembló todo él cuando vio el aspecto imponente del hombre.
— ¿Quién eres?- le preguntó Rirke.
—He-he venid-do a pasar la-la no-noche aquí- tartamudeó el joven en voz baja.
Thannia se acercó; la voz le era familiar, y la había reconocido en cualquier sitio, porque el amo de aquella voz era la persona más cercana con la que había contactado en aquellos nueve años. Le estampó un beso sonoro en la mejilla.
— ¿Doram te ha tratado bien?- le preguntó mientras iban hacia adentro.
— ¡Y tanto, Thannia! Es un hombre muy sabio que me ha enseñado muchas cosas y un secreto que mañana os enseñaré. Fuiste muy amable en presentármelo. ¿Y tú que has hecho?
—Mañana ya te lo explicaré...
— ¿Quien es?- preguntó Rirke.
—Es Berineek. Es que tu no lo conoces, Rirke. Él nació cuando yo tenía tres años, y tú estabas de viaje en el este ¿te acuerdas? Y al cabo de poco ocurrió eso. Yo tuve que encargarme de él hasta los diez años. Luego conocí a un mago que se llamaba Doram y que se ha encargado de él hasta ahora, ¿o me equivoco?
—No, no te equivocas- respondió Berineek.
El muchacho, al ser el más pequeño, sólo recordaba a Thannia, o sea que ella le tuvo que presentar a Rirke, Eilea y Soire. Antes de irse a dormir, él notó una presencia en la casa, como si hubiese un intruso, pero cuando lo preguntó advirtió la mirada enojada de su hermana. «Te lo explicaré luego» pareció que decían sus ojos. Cuando se estiraron los cinco en las camas, ella le susurró:
— ¿Buscas a un medio enano?
— ¡Claro que no!- le contestó él en el mismo tono -.Un momento... ¿has dicho medio enano?
Su hermana asintió silenciosamente, y esperaron a que los otros hermanos se durmieran. Luego los dos bajaron hasta la despensa, y ella abrió la puerta.
— ¡Por la gloria de Anthar!- dijo Asrek, borracho perdido, y cayó al suelo estrepitosamente.
— ¡Dios!- dijo Thannia flojito, y lo estiró en uno de los bancos. Luego lo ventoseó con la mano, pero al ver que empeoraba, Berineek sacó de su zurrón un libro con runas y buscó entre las páginas algo. Cuando lo encontró, sonrió y dijo a su hermana:
—No te alarmes por lo que voy a hacer.
Cogió una mano de Asrek, y cuando notó que la energía curandera se acumulaba en la otra mano, dijo una palabra y, poco a poco, la borrachera de él fue desapareciendo. Thannia no pudo evitar asombrarse.
—Tengo un hermano mago...-murmuró, maravillada.
Asrek abrió los ojos con pesadez, y los dirigió hacia Berineek.
—No malgastes tu magia en eso, estúpido mago. Parte de mi te mandaría a hacer gárgaras, pero en mi estado no puedo moverme ni un dedo.
— ¿Este es el medio enano?- preguntó el joven con curiosidad, y se le puso la piel de gallina al saberlo-. Es increíble. Nunca había visto a nadie como tú.
—Pues ya somos dos, humano con curiosidad.
— ¡Parad ya los dos! No sé que intenciones podrían tener Iuhet, Witka, Jirte y Forbian al verte, Asrek. Es mejor que te quedes en la despensa. Y de Rirke no me fío. Nueve años de soldado es demasiado; normalmente hay un par o tres.
—En eso tienes razón Thannia, es anormal.
Después de eso, el medio enano tuvo una buena reprimenda por tomar alcohol por parte de Thannia, y se fueron a dormir, un poco nerviosos.
La mañana siguiente sería el encuentro definitivo.
En aquel túnel nunca había fin, nunca encontraría una luz en esa maldita oscuridad. Oyó voces al exterior; no podía ser posible. Detectó que hablaban con dureza. Intentó decir algo para que le rescataran, pero fue en vano. Las cuerdas vocales hacía mucho que no le respondían por el frío y el silencio de la prisión. Imponente, escuchó cómo se alejaban.